LA ARGENTINA EN EL MUNDO
LA INSERCIÓN DE ARGENTINA EN EL MUNDO: Vivimos en un mundo en constante proceso de globalización. Los sueños de un mundo unido y en paz, no han sido alcanzados. Pero la realidad del mercado unifica al mundo y se pierde dimensión de identidad nacional para hablar de nuevas dimensiones donde lo regional y lo continental, asumen la condición de nuevos espacios de integración, proyección y protagonismo internacional. En el mundo de hoy, pierde su sentido originario el hablar de nuestro país, en términos de desarrollo autónomo. La nueva realidad internacional impone la interdependencia, en escenarios cada vez más ocupados por realidades transnacionales, incluso en el campo cultural. Las viejas actitudes aislacionistas han quedado sin espacio, pero ello no puede ser equivalente a una inserción de la Argentina en el mundo a cualquier precio. Los países también se valoran por su capacidad de liderazgo y por su vocación de asumir las grandes causas de la humanidad: la paz, la defensa y promoción de los derechos humanos, la cooperación internacional, el diálogo cultural, la lucha contra las formas supérstites de prejuicio y discriminación étnica y racial. Nuestro país tiene que jugar un papel protagónico desde nuestra singular posición en el Cono Sur latinoamericano. Un papel que no se agota en la inserción activa en los mercados con nuestra producción competitiva. Hoy la definida vocación de paz y apertura de nuestro pueblo, unida a la inteligencia, la capacidad de gestión y la creatividad de nuestros cuadros técnicos, profesionales e intelectuales constituyen ventajas comparativas, para lo cual tenemos que desarrollar estrategias de apertura al mundo, en los planos político, económico y sociocultural. La democracia cristiana ha venido sosteniendo desde los días de su formación, una posición de apertura hacia todas las naciones (lo que en manera alguna significa despojar al sentido de Patria de su contenido primigenio), a partir de la afirmación de los principios que sustenta la Carta de las Naciones Unidas, la defensa del principio de autodeterminación de los pueblos y la defensa y promoción de los derechos humanos.
LA AFIRMACIÓN DE LA PAZ: La paz es un objetivo irrenunciable para los cristianos. La exclusión de la fuerza como forma de resolución de conflictos en el plano internacional, se alimenta para el PDC en la misma dinámica con que Pablo VI exclamara en las Naciones Unidas, hace ya muchos años: “No a la guerra, nunca jamás la guerra”, que ha sido también objeto de la prédica constante de la Iglesia Católica y otros credos religiosos, incluso en celebraciones ecuménicas sobre la paz, convocadas por Juan Pablo II. Los nuevos escenarios de los conflictos internacionales, a veces originados en el desmembramiento de Estados, como lo es el caso de la ex Yugoslavia y otras por difíciles situaciones de disputa y ocupación de territorios, nos obligan a redoblar los esfuerzos por la consecución de la paz. Este es el papel que aspiramos desempeñe siempre, en el futuro, nuestro país, desde el seno de los organismos regionales e internacionales ( OEA, ONU) y en las relaciones bilaterales. La búsqueda activa de la paz, exige también el ejercicio de la solidaridad internacional, en casos dolorosos que exigen nuestra contribución humanitaria, como la acción que desarrolla el ACNUR, en la situación de los refugiados. Pero requiere también aunar filas entre todas las naciones para impedir que el fundamentalismo, los nacionalismos extremos y las diversas formas de terrorismo, la pongan en peligro.
EL NUEVO ORDEN ECONÓMICO INTERNACIONAL: Las utopías de los sesenta y setenta, cuando acariciábamos la construcción de un nuevo orden económico internacional, a partir de principios de justicia social internacional, han sido reemplazadas en esta última década por la universalización del mercado, con sus dramáticas consecuencias para los pueblos y las familias sumidas en la pobreza. El absolutismo de mercado – un verdadero fascismo de nuestro tiempo -, acentúa como lo señala el Episcopado Latinoamericano en Santo Domingo “la desigualdad y la marginación”. En la misma línea de aquel documento sostenemos que “no puede haber una economía de mercado creativa y al mismo tiempo socialmente justa, sin un sólido compromiso de toda la sociedad y sus actores con la solidaridad... El empobrecimiento y la agudización de la brecha entre pobres y ricos, el estilo de vida consumista... la desocupación... la economía de libre mercado asumida... en términos de neoliberalismo... y el problema de la deuda externa, dificultan o impiden una organización social más justa y digan”. (Documento Final, Cuarta Conferencia Gral. del Episcopado Latinoamericano, puntos 194 a 203) Debemos trabajar para el surgimiento de un nuevo modelo socioeconómico, que siente las bases de una economía solidaria, real, eficiente y participativa.
AMERICA LATINA: La unidad política, económica y social de América Latina, en el marco del respeto por las diversidades culturales, es un objetivo inescindible del proyecto histórico que alentamos los demócratas cristianos. América Latina es una misma comunidad de origen, de valores y destino, que requiere una estructura política, económica y financiera, jurídica y sociocultural, que afirme definitivamente su unidad, dejando a un lado el largo proceso histórico de su fragmentación. Para ellos hay caminos que es necesario recorrer y de alguna forma ya se están intentando, que forman parte de un sostenido proceso de integración con valiosos antecedentes y realidades vigentes, como el INTAL, la ALALC, el Pacto Andino, el Mercado Común Centroamericano y el Mercosur. También aportan en el mismo sentido, las Cumbres Latinoamericanas, la Cooperación Ibero Americana y los acuerdos de bloque en el seno de las Naciones Unidas y otros organismos internacionales.
EL MERCOSUR: Un párrafo específico requiere el Mercosur, como expresión dinámica del proceso de integración económica, social y cultural entre Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay, que esperamos involucre plenamente a los otros dos países del Cono Sur, Chile y Bolivia. El desarrollo incesante de este proceso de integración, abre alternativas para su ampliación, a dos niveles, es decir, en el espacio político del Cono Sur y hacia la totalidad de América Latina. Naturalmente la condición necesaria para que avance con firmeza la integración es la permanencia, crecimiento y profundización de la democracia en nuestros países.
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